Desnuda como Venus

El mar no baña Nápoles, escribió Ana Maria Ortese en aquel libro que le costó la implacable condena de los napolitanos. Mucho antes de ello ya había posado sobre la ciudad su mirada apasionada y, a la vez, analítica otra bravísima autora, Matilde Serao, que la visitó a raíz de la epidemia de cólera. Por esos años ya existía la pizza que más tarde llevó el nombre
de una reina, margherita, y Mark Twainhabía reflexionado abundantemente sobre el eslogan local, ‘ver Nápoles y morir’
y su evidente exaltación del doble sentido. «Bien, no sé si uno necesariamente muere después de verla, pero intentar vivir allí podría resultar poco distinto (…). El cólera suele vencer a un napolitano cuando se apodera de él, porque, como es comprensible, antes de que el médico pueda abrirse paso entre la suciedad y llegar hasta el enfermo, el hombre ha perecido».

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